Yeso: el arte de la cotidianeidad

Caminando por el Parque de la Reserva un tumulto de gente interrumpió mi tránsito apurado; me detuve al no escuchar la promoción de brebajes ni pomadas mágicas, es más, creo que también lo hice por curiosidad insana, al creer que alguien se había desmayado o accidentado, o sufrido algún percance parecido, ya que el grupo estaba cerca de esa enorme fuente que embellece el parque. Me llamó la atención el no ver al vendedor, así que hice lo que el círculo de espectadores hacía: bajar la cabeza –no sin antes mirar con el rabillo del ojo a ambos lados-,  entre murmullos. Estaba allí, un joven abstraído en el yeso de colores, genuflexo debelando un rostro en el piso.
Ni Beever ni Rafart i Roldán, un muchacho menudo, pero que como ellos nació con el arte bajo el brazo. Podía ver los huesos de sus codos al frotar con pareja energía el cemento, como cuando se encera para obtener del aludido el brillo añorado, la perfección del color amalgamado en un homogéneo matiz. Nunca había visto algo así; generalmente los pisos y paredes del centro de Lima son maltratados por grafitis mal estructurados, letras desgarradas, monocromas y poco creativas provocadas por un arranque de supuesta rebeldía o simplemente el sello de un grupo carente de formación y amparado por las pocas o nulas oportunidades de desarrollo. Me interesaba su arte, su paciencia y concentración en su trabajo, sorprendida por la cantidad de personas que se acercaban; Raf –seudónimo con el que firma sus obras- continuaba sin descanso a la vista crítica, pero enmudecida de atentos espectadores que como yo, esperaban con avidez la culminación de la obra. Qué hobbie tan raro me decía, pintar en el piso: ¡y gratis! sin sombrerito al costado –por lo menos nunca lo vi-, invertir el tiempo en esto, comiendo yeso, doblado por horas y sin recompensa monetaria más que la admiración y disfrute de la gente alrededor. Miraba al pintor de retratos a menos de diez metros de él, sentado, con un caballete y cartulinas blancas, comiéndose una manzana, cual dentista a la espera de un paciente que pronto llegará. Dos hombres con un mismo principio, pero con distintos destinos.
El arte es para todos y gracias a creadores como Raf es que se escapa de las galerías, aquellas urnas a las que cuesta ir, por lo lejano o por lo desconocido o incómodo para muchos.
Mientras avanzaba, poseso, abstraído por el color que infringía a una parte del rostro de la mujer que salvaba, noté al moverme de lugar el detalle en los ojos de aquella fémina; cristalinos –pensé- y allí recordé que había visto antes ojos así en una página de arte, que luego busqué entre mis suscripciones. Ojos siempre cristalinos, contando la historia, denunciando algo; pocas veces esquivos, siempre atentos, como resguardándose, como advirtiendo. Ojos que ves en sus seductores Cristos, heroínas, mártires de las calles o discotecas, hadas; ángeles, guerreras, demonios o seres amorfos. Raf protege el tapiz pétreo con su cuerpo, como una gárgola sobre la catedral, hasta terminarlo. Sin luchar. Solo se puede ver de él la maraña de cabello que protege su nudosa espalda en una cascada de dreads que compiten por frotar los últimos rizos de la fémina que ha despertado ya.
Es menos complicado, y aquí lo descubrimos, dar alegría a otros en la cotidianeidad que en la institucionalidad. Y solo usa sulfato y carbonato de calcio: tiza. 

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